Estoy segura que todos hemos tenido fobias que nos han acompañado a lo largo de nuestras vidas, pues una de las mías siempre fue el agua y el morir ahogada. Cuando estaba muy pequeña mis padres decidieron meterme a clases de natación, pero por ser pequeña en una piscina de adultos jamás logre tocar el fondo de la piscina por eso prefería quedarme en las gradas. Mi profesor de natación quien me tuvo mucha paciencia intento enseñarme a nadar, pero mi bloqueo mental por no querer morir ahogada en la piscina hizo que nunca lograr tener control en el agua y mucho menos aprender a nada. Años más tarde en unas vacaciones familiares estábamos con mi papá en una piscina y le dije que yo no podía nadar, él me enseñó a controlar mi respiración y mi cuerpo para poder flotar en el agua y ahí fue donde aprendía a nadar, volví a estar en otro curso de natación pero a pesar de hacer el esfuerzo de dar lo mejor de mí y vencer mi miedo era imposible poner en práctica todo lo que me enseñaban, ya que odiaba la sensación de tener el agua en mi cara y en mi nariz.
Cuando estaba a la mitad de mi carrera universitaria, platicando con un amigo sobre sus experiencias buceando, le dije que me llamaba la atención probar para ver si así se me quitaba el miedo de ahogarme en el agua, pues al contar con un equipo con el que puedes respirar debajo del agua no se debe sentir esa sensación de pánico. El me animó a que me metiera al curso y yo acepté, pero quería terminar mi carrera primero y ya luego hacer ese tipo de cosas.
Paso el tiempo, cerré mi carrera universitaria y claro yo no estaba pensando a diario que me tenía que meter a las clases de buceo. Pasaron como dos años más y en una reunión platicando con otro amigo me comentó que al día siguiente tenía que ir a la Laguna de Ayarza aquí en Guatemala para sacar su examen práctico del curso de buceo (Open Water) en ese momento recordé que yo quería aprender a bucear y le pedí que me pasará el contacto del centro de buceo para ver si me metía. Si algo he aprendido en esta vida, es que si pensamos mucho las cosas jamás las vamos a hacer y justo eso me recordó mi amigo.
Una semana después fui al centro de buceo para inscribirme al curso Open Water, sin saber lo que me esperaría, lo primero que me dieron fue un manual con toda la información básica sobre el buceo, desde que tipo de equipos existen hasta como debes de comunicarte debajo del agua cuando hay alguna emergencia.
Sinceramente odié mi primera clase, el instructor que me tocó me puso a armar el equipo que medio tenía una idea de cómo hacerlo porque ya había leído el manual, después me dijo que entrará a la piscina y sus palabras fueron “Ok, dele” y yo no tenía ni idea de lo que quería que hiciera, así que metía la cabeza en el agua y trataba de acostumbrarme al equipo y a respirar por la boca, estaba tan nerviosa, el miedo se apoderaba de mí y que simplemente no lo lograba. Por mi cabeza pasaba el ¿qué demonios estoy haciendo aquí? y eso que lo peor estaba por venir.
Yo apenas me estaba acostumbrando a estar un rato en el agua sin sacar la cabeza para respirar y eso que tenía el equipo que me ayudaba a hacerlo sin necesidad de salirme del agua, cuando le instructor me dice “Muy bien, ahora vamos a empezar con los ejercicios”. El primero era si él se quedaba sin oxígeno yo tenía que compartirle mi regulador segundario y viceversa, después tenía que practicar quitarme la careta debajo del agua y volvérmela a poner, yo solo pensaba ¿Cómo quiere que haga eso si no puedo con la sensación de sentir agua en mi nariz?, sinceramente fue un ejercicio que odié y que no logré hacer en mi primera clase.
Mis siguientes clases fueron con otro instructor que tenía más carisma y paciencia, me puso a practicar los mismos ejercicios pero con él yo me sentía segura y eso me ayudaba un montón. Sus clases eran más bonitas porque me hacía ir a buscar carritos de juguetes en el fondo de la piscina y eso hizo que no estuviera pensando en cómo debía respirar, por lo que lograba estar adentro del agua por mucho más tiempo.
Llego el día de mi examen práctico, sinceramente iba muriendo de nervios mientras íbamos de camino, el miedo de morir ahogada me invadía por completo, no estaba segura si lo iba a poder lograr y si eso realmente era para mí. Nos pusimos el traje de buceo y nos fuimos al agua. Descubrí la gran diferencia que hay entre el buceo en una piscina y el buceo en el mundo real, a pesar de que la visibilidad en la Laguna de Ayazar no es mucha, pude apreciar variedad de peces y plantas acuáticas. El buceo te ayuda a relajarte y liberar el estrés, olvide por completo mi fobia al agua y al de morirme ahogada, logré hacer mis ejercicios debajo del agua y obtuve mi licencia de buceo, claro! después de hacer mi examen escrito semanas más tarde.
Con el tiempo he podido realizar buceos en otros lugares y el aprecia todo lo que existe debajo del agua que normalmente nunca vemos no tiene precio. Así fue como comencé a bucear y vencer mi miedo al agua y morir ahogada.